¿Aceptarías que un niño de 12 años entrase a un bar y se bebiera dos cafés seguidos? Desconcertante… ¿verdad? pero eso mismo es lo que muchos adolescentes consumen en una sola lata de bebida energética. La diferencia es que el café no viene envuelto en colores llamativos ni respaldado por un marketing que convierte un estimulante en un «refresco moderno».
Para entender por qué estamos normalizando este tipo de bebidas, vamos a “abrir” metafóricamente una de estas latas y analizar qué contiene y cómo actúa. Antes de nada, hay que dejar claro que una bebida energética no es una bebida isotónica. Las isotónicas están diseñadas para reponer líquidos y sales en deportistas; las energéticas, para estimular el sistema nervioso. Y, por cierto: Aquarius no es isotónica ni está pensado para “recuperar sales”, ya hablaremos de eso.
Una lata de bebida energética para un adolescente equivale a tragarse varios cafés de golpe disfrazados de refresco, con riesgos que estamos normalizando sin darnos cuenta
Una bebida energética combina altas dosis de cafeína, grandes cantidades de
azúcar, taurina, extractos como guaraná, L-carnitina y vitaminas del grupo B. La
diferencia con un refresco corriente, es la cafeína. Una lata pequeña contiene
unos 80 mg, equivalentes a dos cafés; las grandes pueden llegar a tres cafés
bien cargados, ingeridos en apenas minutos. El pico de estimulación es rápido,
intenso y especialmente peligroso si hablamos de un adolescente.
Si la recomendación para un menor es no superar los 3 mg de cafeína por kilo
de peso, un chico de 13 años (50 kg) debería no tomar más de 150 mg al día.
Sin embargo, una sola lata de 500 ml ya supera ese límite. A corto plazo puede
causar nerviosismo, insomnio, irritabilidad. A largo plazo, si el consumo es
habitual, aumenta el riesgo cardiovascular, incluyendo hipertensión y arritmias.
El azúcar es excesivo para los adolescentes. Entre 30 y 60 gramos por lata,
cuando la recomendación diaria de la OMS está en 25 g. Es decir, una lata
puede contener hasta 12 cucharadas de azúcar, el doble de lo recomendado y
eso sin contar el resto de azúcares libres del día.
La taurina, por su parte, no es la estrella que el marketing vende. Es un
aminoácido que ya producimos y que obtenemos de forma natural en la dieta.
No hay evidencias sólidas de que la dosis extra de las bebidas energéticas
mejore el rendimiento. El verdadero “subidón” proviene de la glucosa y, sobre
todo, de la cafeína.

La mitad de los jóvenes entre 14 y 18 años ha consumido una bebida
energética en el último mes; incluso menores de 14 años ya las han probado.
Sus órganos, aún en desarrollo, no están preparados para gestionar estas
cantidades. El problema de fondo es la normalización y la imagen que vende: deportes extremos, vida adulta, libertad… Para un adolescente, beber una lata
es casi un rito de pertenencia al grupo.
Por estos motivos, comunidades como Galicia están impulsando restricciones a
la venta a menores y limitaciones en su publicidad.
Así que veamos las bebidas energéticas como lo que realmente son: potentes
estimulantes que, lejos de ser un simple refresco, exigen regulación, conciencia
y responsabilidad colectiva.




