En los últimos días se ha hablado mucho de guías y pirámides alimentarias. Pero ¿por qué cambian tanto? Tenemos que saber que la nutrición evoluciona con la ciencia y con nuestros hábitos.
Las guías alimentarias son elaboradas por organismos públicos y equipos científicos de cada país para orientar a la población sobre cómo comer de forma saludable. Además, siempre han existido intereses que influyen en las recomendaciones y que los seguirá habiendo.
Las guías han ido cambiando con el tiempo. Las primeras, como las famosas pirámides nutricionales, se centraban en nutrientes: grasa, hidratos o proteína. Eran poco prácticas y cambiaron con los años.
Más tarde surgieron modelos, como el Plato de Harvard y otras, que dejaron de hablar de nutrientes aislados y empezaron a centrarse en alimentos reales y patrones de consumo. El mensaje se simplificó a más verduras, frutas, legumbres y cereales integrales; menos ultraprocesados, azúcares añadidos, sal y alcohol. De esta manera, se facilitaba las decisiones saludables en la vida real.

Las guías española más reciente, de 2022, han añadido otra pieza más, la sostenibilidad.
Hoy en días sabemos que nuestras elecciones a la hora de comer no solo afectan a nuestra salud, sino también al medio ambiente, a la economía local y al sistema alimentario. Por eso el mensaje actual es del Ministerio es: más alimentos de origen vegetal, más legumbres, productos locales y de temporada, y menos protagonismo de los productos animales, especialmente los más procesados.
Volviendo al caso que nos ocupa, hace unos días se publicó una nueva guía alimentaria de Estados Unidos, presentada con una pirámide invertida indicando consumir alimentos mínimamente procesados, vegetales, frutas enteras y cereales integrales, y reducir azúcar y alcohol. Hasta aquí todo correcto, son recomendaciones que ya conocíamos y que se estaban divulgando en las guías. La novedad es el protagonismo visual de proteínas, con carnes grasas y lácteos enteros a la cabeza. Y esto genera confusión: aunque el dibujo da peso a estos alimentos, el texto recomienda limitar grasas saturadas. Y resulta que si nos guiamos por las indicaciones visuales, estaríamos sobrepasando la ingesta de grasas saturadas, ya que la carne grasa y lácteos enteros son ricos en grasas saturadas, por lo que la guía parece contradecirse.

Por otro lado, sitúa a los cereales integrales en la punta inferior de la pirámide, sugiriendo un consumo mínimo y más tarde en el texto apunta que comamos entre 2 y 4 raciones al día. Otra contradicción más.
Esta pirámide está pensada para la realidad estadounidense, con un elevado consumo de ultraprocesados y altas tasas de obesidad y enfermedades metabólicas, por lo que puede suponer una ligera mejora respecto a guías anteriores para ese país. Aun así, conviene recordar que las guías no siempre son neutrales, en esta 8 de los 9 autores tienen vínculos con la industria de la carne y los lácteos.
Y aunque estas recomendaciones puedan ser útiles sobre el papel, la realidad diaria demuestra que conocer la teoría no basta, casi nadie aplica la teoría. Los hábitos culturales y familiares pesan más, la comida ultraprocesada es omnipresente, cómoda y barata, y la publicidad influye de manera continua.
En la práctica, saber qué es saludable no siempre basta; comer bien requiere educación, un entorno que lo facilite y motivación.
Si las guías nos marcan un camino, ¿por qué no adaptarlo a nuestra vida y empezar a recorrerlo poco a poco?




