Seguro que te suena esta escena: abres el armario y comes algo sin pensarlo. Y si alguien te preguntara “¿tenías hambre?”, la respuesta muchas veces sería “no”.
Y si no era hambre, ¿qué tenías? Pues quizá cansancio, estrés, aburrimiento o necesidad de autocompensarte por tener un día difícil. ¿Significa esto que estamos gestionando mal esas emociones? Depende. El problema surge cuando la comida se convierte en nuestra única herramienta de gestión. Si ante el aburrimiento o la ansiedad nuestra única respuesta es abrir un armario, esa acción sirve como parche para nuestras emociones, pero debajo se mantiene una emoción desatendida. La comida puede calmar un rato el aburrimiento, pero cuando acabas la galleta sigue ahí.
Nuestro cerebro, que es muy cómodo, toma nota. Si en algún momento la comida alivió una emoción difícil, tenderá a repetir ese camino. No es debilidad: es aprendizaje. Y del mismo modo que se aprendió, también pueden aprenderse caminos nuevos hasta que los anteriores pierdan fuerza.
Buscar alternativas no implica prohibirnos comer, sino aprender que la comida no sea la única estrategia. Cuando aprendemos eso, el cerebro puede desplegar su caja de herramientas y utilizar otros recursos como dar un paseo, llamar a un familiar o amigo, leer, respirar profundo, escribir o decidir comer algo de forma consciente.

¿En qué consiste elegir de forma consciente?
Cuando haces una elección inconsciente, tú no decidiste comerlo; tu cuerpo lo hizo por ti mientras tu mente estaba en otro sitio. En cambio, cuando la elección es de manera consciente, tú decides, paras y te preguntas “¿para qué quiero comer?” y, tras pensarlo unos segundos, puede que la respuesta sea: “Realmente no tengo hambre” Entonces observa si la falta de actividad, el estrés acumulado te lleva a comer y busca en tu caja de herramientas. Si después de utilizar las herramientas, dices “Sé que no tengo hambre, pero ahora me apetece”. Entonces, te sientas y las disfrutas de verdad.
Existe una diferencia clara entre el hambre fisiológica, que aparece poco a poco y se calma al comer porque el cuerpo está avisando de que las reservas inmediatas se están agotando. Es la que, si la dejamos, acaba rugiendo. El hambre emocional es el que llega de golpe, pide alimentos concretos y se basa en mecanismos de recompensa, no en una carencia de energía.
¿Cómo elegir de manera consciente? La próxima vez que abras el armario, frena y durante cinco segundos escúchate y hazte la pregunta “¿para qué necesito comer ahora?”. A veces será comer, otras descansar, hablar con alguien o simplemente parar. No se trata de prohibirse. Se trata de escucharte durante cinco segundos.
La próxima vez que vayas a comer sin hambre, ¿te atreves a preguntarte para qué?




